Crónicas Prostibularias

Tres Arroyos y la reglamentación de la prostitución (26-08-2017)
Texto y relato Omar Alonso

Realización de un documental-Aporte de “esto es Historia” (26-12-2015)
Declaraciones de Valeria Dubovik

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Tirar la chancleta
Es una frase que quedó en el vocabulario habitual de varias generaciones y que se remonta a prácticas prostibularias. Nada de lo que se refiera a esta actividad clandestina puede calificarse de “avance”, de modo que hecha la aclaración se puede usar esa palabra con carácter absolutamente relativo.
Lo cierto es que en 1928 se produjo un avance considerable en las prácticas de la prostitución con la sanción de una ordenanza para la ciudad de Buenos Aires por la cual se reglamentaba el funcionamiento de las denominadas casas de tolerancia. Allí se establecían, entre otras cosas, las condiciones que debían reunir las mujeres a las que denominaba “pupilas” para poder trabajar sexualmente.
De la misma manera se establecía una tasa de inspección médica, control este que debía realizarse regularmente cada tantos días. En Tres Arroyos puede recordarse cuando esta práctica sanitaria se practicaba en el hospital público. Las mujeres se trasladaban bajo estricta vigilancia de los responsables de los prostíbulos para evitar su huida.
Esta ordenanza sería la primera y luego se extendería al resto del país.
Las casas de tolerancia o prostíbulos funcionaban generalmente en edificios con largos pasillos desde el cual se accedía a las habitaciones para el encuentro con los clientes.
Para evitar interrupciones, se colocaban las chancletas en el pasillo frente a la puerta de la habitación, como una señal que el lugar estaba ocupado.
De allí que el dicho se instaló definitivamente en el vocabulario popular, muchas veces sin conocer con precisión el origen de la cuestión.
Las prevenciones higiénicas
En todo el funcionamiento de estos tenebrosos lugares había un encargado de “alcanzar la palangana”.
Era alguien que hacía llegar un recipiente con solución de permanganato con la cual se realizaban lavados previos a los genitales masculinos para evitar contagios pues por entonces la sífilis y la blenorragia eran enfermedades frecuentes con graves consecuencias.
La aparición de la penicilina, en 1944 cambiaría sustancialmente el proceso de control y prevención de dichas enfermedades.
Entrevista a la artista plástica Valeria Dubovik

La leyenda de Macario Di Luca
Recopilación, anecdotario y lectura Omar Alonso

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El testimonio de Julián del Sur
Enterado el artista de los datos irradiados en “esto es Historia”, asistió al programa siguiente y brindó testimonio de su vínculo con Macario Di Luca en conceptos que reproducimos.
Una leyenda o un “Mito”? Una ficción basada en sucesos reales y supuestamente reales. Cualquier parecido con la realidad no es simple coincidencia. Los nombres son imaginarios, pero no tanto.
Escribe OMAR ALONSO, Periodista
Creo que lo vi una sola vez. Tal vez de pequeño lo hubiera hecho, pero no lo recuerdo. Fue en el velatorio de mi abuela R. Isidora Jerònimo, en octubre de 1987. Ya era un hombre mayor pero mantenía su elegancia. Alto, delgado, con cabellos canos e impecablemente vestido. Muy amable y respetuoso. Lo vi entrar advirtiendo que era acompañado por otras personas. Hombres que lo acompañaban constantemente. Guardaespaldas, que le dicen. De todas maneras lo hicieron de manera prudente y era casi imposible advertirlo si no se conocía la situación. No era, sin embargo, todo lo relatado precedentemente lo que me impresionó, aún cuando sabía que estaba frente a un pariente lejano que era un “Mito”. Fueron sus ojos, su forma de mirar. Penetrantes. Bellos si se quiere, pero fríos. Mostraban determinación y la capacidad de moverse en terrenos fangosos sin mayores problemas. Fueron instantes. Recuerdo que me saludó tendiéndome la mano en la formalidad habitual de los tristes momentos que debemos atravesar todos. 
Pero no recuerdo más. Fue un encuentro fugaz. Muy casual. Siendo yo pequeño acompañaba visitas a su casa materna, de modo que es probable que lo hubiera encontrado, aunque para ese tiempo ya era una figura de proyección internacional en el submundo de las actividades clandestinas. Esta leyenda, que naciera en Tres Arroyos el 7 de julio de 1920, era motivo de conversaciones familiares de manera constante. Los rumores y versiones que se corrían eran de las más variadas características. De modo que sin fuentes documentales lo único que se hacía era alimentar el “Mito” sin saberse fehacientemente si lo que se decía era cierto... Seguir leyendo en archivo adjunto.
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Una mítica peluquería
Una simple peluquería fue escenario de otras actividades paralelas de la que surgió un personaje de fuerte presencia en las décadas del 40, 50 y 60. Perteneció a un submundo vinculado fundamentalmente con el juego, aunque algunos memoriosos lo califican como un virtual “padrino” de grupos marginales. Obviamente, esto último nunca se pudo probar y difícilmente ahora se podría tener alguna precisión. Son solo recuerdos.
Lo cierto es que en Balcarce 682 funcionó durante muchos años la peluquería de Tomás Gariglio. Todavía hoy, en 2014, quedan vestigios de la vieja construcción. El hombre, además de peluquero, era un decidido aficionado a la guitarra. Yo mismo recuerdo que siendo pequeño estuve en el lugar y el peluquero mostró su instrumento, prolijamente resguardado en el ropero. La situación se encuadraba con la letra misma del tango que habla de “la guitarra en el ropero todavía está guardada”. Es una figura que he mantenido clara a pesar de las décadas pasadas.
Gariglio era integrante de una familia que produjo algunos expertos en algunos temas. Por ejemplo un eximio armero, un relojero y otros. La relojería todavía existe en la calle 25 de mayo. Lo cierto que el peluquero, no se sabe si con algún interés o bien simplemente por amistad o vecindario, facilitaba la trastienda de su domicilio para que funcionara como encuentros para jugar fundamentalmente a las cartas. El clima era propicio pues allí se cortaban el cabello, y afeitaban varios de los muchos cafishios que actuaban en Tres Arroyos.
Según dicen memoriosos que fueron testigos directos o indirectos de aquella época, allí se apostaba fuerte y en algunos casos hubo parroquianos que perdieron todo o casi todo. Pero había un vecino que era un ganador y forjó su trayectoria de tahur que luego se extendería a otros ámbitos con igual éxito. El hombre era el octavo hijo de una familia humilde y numerosa cuyo titular era un empleado municipal, que vivía en la misma cuadra de la peluquería. De esa familia se recuerda a una de las hijas empeñada en el aprendizaje de un instrumento musical. No se recuerda que hubiera trascendido en ese rubro.
El hombre al que denominaremos Octavo, para darle un nombre, era asiduo concurrente a la peluquería y permanente animador de los trances de barajas. El dominio que logró, incluyendo mecanismos no habituales y secretos, fue notable y así transformó su actividad como medio de vida. Al respecto tengo dos testimonios familiares: mi abuelo era concurrente a la peluquería y jugó cartas. Luego comentaba que sabía que Octavo estaba haciendo trampa pero no podía saber de qué manera. Mi padre, por su parte, contó en mesa familiar, que Octavo le había propuesto participar en una triquiñuela para ganar dinero. Según la propuesta, ambos jugarían cartas con otros parroquianos adinerados. Para evitar sospechas, Octavo sería perdedor, pero este haría que mi padre ganara, con ganancias a repartir. Por si acaso, digo que mi padre no aceptó.
La modesta peluquería, garito incluido, fue reemplazada con el tiempo y el jugador se instaló en el centro. El Bar Colón fue escenario habitual, según recuerdan, y hasta dicen que era el lugar desde donde digitaba otros negocios poco legales. Quienes lo conocieron afirman que era un virtual “padrino” que orientaba y amparaba a otras personas habitualmente vinculadas con acciones non sanctas. Nada comprobable, por supuesto.
Pero que marcó una época no hay dudas.
La toalla mojada
Escribe OMAR ALONSO, Periodista
En los ambientes prostibularios, el uso de la toalla mojada como instrumento de castigo era una cuestión diaria para mantener la sumisión de las mujeres sometidas a la voluntad de los cafishios. Simplemente porque no dejaban marcas. De alguna manera se buscaba infligir dolor sin dañar la mercadería y eso ha quedado plasmado en el lunfardo porteño. Era un mecanismo de tortura si se quiere refinado que no significaba, sin embargo, que no se cometieran excesos. Un caso resonante tuvo lugar en Tres Arroyos el 6 de mayo de 1933 y fue ampliamente reflejado por la crónica elaborada por Noticias Gráficas que con título de catástrofe decía: “Bárbaro castigo: torturaba y quemaba a una mujer para satisfacer sus bajos instintos” y en el subtítulo afirmaba que “durante mucho tiempo se deleitó con los sufrimientos de la infeliz mujer, hasta que esta pudo denunciar su calvario”. Por supuesto que la crónica incluye las fotos de la víctima y su agresor que nosotros reproducimos en la página. Todo esto ocurría en lo que se llamaba con el eufemismo de “casa pública”, es decir un prostíbulo. Reproducimos la crónica que decía que “en el interior de una casa pública, el sujeto Ernesto Montone, argentino, de 22 años, sin medio de vida, conocido tratante de blancas, hacía víctima de malos tratos a una mujer llamada María Elena Correa o Lila Suárez. En la madrugada de hoy, después de aplicarle una feroz paliza, la quemó en todo el cuerpo con una cuchara que calentaba en un calentador Primus. La mujer pudo escapar y se presentó en la comisaría dando cuenta del hecho, siendo inmediatamente detenido Montone y dio intervención al juez del crimen.” En el texto periodístico no se ahorran calificativos para el detenido, como “bestia humana”, “hombre bárbaro”, etc y dice que el explotador, después de golpear a su víctima con una cachiporra de goma, con toda sangre fría aplicaba repetidas veces sobre el cuerpo de la mujer una cuchara que previamente había calentado al rojo en calentador Primus. La víctima, presa de horribles dolores profería gritos de desesperación que no eran oídos por las demás pupilas, probablemente atemorizadas por sus respectivos explotadores y por la dueña del lugar, Elisa Paousay y la gerente, Sara Chapina que estaban probablemente en connivencia con el explotador, puesto que en una oportunidad impidieron que la pobre María ganara la calle para escapar de las garras del tenebroso. La pupila relató a la autoridad que esta madrugada después del castigo fue abandonada por breve tiempo por su martirizador, creyéndola desmayada, y en esa oportunidad pudo huir escalando una pared y llegando hasta la comisaría. Montone quedó detenido a disposición del juez, mientras que la mujer fue internada en el hospital en grave estado. Reproducciones de las fotos de la víctima y su cafishio.
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Las “loras”
Escribe OMAR ALONSO, Periodista
En el trabajo “Historia de la Argentina” realizado por el historiador Félix Luna para el diario Crónica en fascículos, se incluye un capítulo sobre la vida clandestina en el período 1900 a 1914. Allí define magistralmente el fenómeno de la delincuencia y la prostitución, de modo que a quien le interese puede abrevar en ese contenido. Pero es interesante rescatar algunas cuestiones muy vinculadas con Tres Arroyos e incluso avanzar en esclarecer algunos giros idiomáticos muy vulgares pero aún vigentes. Es esto un poco complejo, al menos si se pretende no caer en la procacidad. Félix Luna dice que en 1906 se constituyó la Sociedad Israelita de Socorros Mutuos “Varsovia” que en 1929 pasó a llamarse Sociedad de Socorros Mutuos y Cementerio Zwi Migdal. Esta entidad operaba con familias judías de Polonia, a las que convencía de que su objetivo era casar a las muchachas con inmigrantes radicados en la Argentina. Eran virtualmente compradas y al poco tiempo llegaban en barco al Río de La Plata en grupos de 10 o 12 por barco. Generalmente desembarcaban en Montevideo y luego por Paysandú pasaban a Colón y de allí a Buenos Aires. Aquí se las remataba a precio en libras esterlinas y luego eran sometidas a un proceso de “ablandamiento” para que se adaptaran sin rebeldía al nuevo estado, tan diferente al que habían imaginado. Si manifestaban resistencia se las enviaba a algunos prostíbulos de provincia. Había uno especial para castigadas en Tres Arroyos, dice Félix Luna que agrega que una vez amaestradas se las instalaba en lenocinios de la Capital Federal o alrededores, según las necesidades de la organización. Hasta allí una triste referencia en la historia pero que no hace sino ratificar que la prostitución tuvo mucho que ver en la vida social y comunitaria de nuestra ciudad, tal como lo hemos venido planteando en “esto es Historia”. Volviendo al léxico prostibulario, irrepetible textualmente en radio y de mal gusto por cualquier medio, sin embargo ha mantenido alguna vigencia en expresiones todavía actuales. Como la maldición a la que se recurre con frecuencia en una presunta referencia a los genitales de la lora, creyendo que se habla del simpático animalito. La realidad es que la referencia es respecto a “las loras” término con la que se identificaba a las prostitutas procedentes del centro de Europa. Y esto quedó muy patente en un tango prostibulario que luego se conoció como “La Cara de la Luna”, escrito por Manuel Campoamor, cuando se prohibió en la década del 30 la referencia descarnada que se hacía en el título original. Ese tango fue muy popular en aquellos años de principios de siglo 20. En la tapa del disco se observaba un dibujo de la luna pero quedaba claro que se aludía a la vulgar interjección de enojo o contrariedad y la referencia no era un animalito, sino a aquellas mujeres europeas dedicadas o sometidas a prostitución. Lo llamativo es que la frase todavía puede escucharse y mantiene cierta vigencia.
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“Las loras” (2da parte)
Escribe OMAR ALONSO, Periodista
Difundida que fue en el programa de “esto es Historia” la crónica precedente sobre léxico prostibulario, fueron varios los oyentes que se interesaron e hicieron aportes, profundizando respecto a la denominación que se daba a las mujeres del centro de Europa que eran colocadas, de manera voluntaria, engañadas o a la fuerza, en el circuito de la prostitución. Como dije, eran fundamentalmente polacas y judías, aunque las hubo de otras nacionalidades y en determinado tiempo hicieron furor las francesas, denominadas “franchutas” en una simplificación de francesas y prostitutas. El dato que nos aportaba un oyente y que luego pudimos corroborar, es que en ese ambiente oscuro de la marginalidad también se incorporaban mujeres nativas. Se las inmortalizó en el lunfardo y en los tangos como “paicas” y “grelas”. Las primeras eran mujeres jóvenes y se las conocía con ese vocablo de origen nativo, más concretamente mocoví. Las grelas eran las mujeres con experiencia. Ambas eran las amantes o queridas de rufianes y cafishios y, en consecuencia, se las ubicaba en los ambientes prostibularios donde eran explotadas las mujeres extranjeras. Estas tenían problemas idiomáticos para entenderse con sus pares nativas, las paicas, generando un parloteo muy particular. Es así, como las paicas las bautizaron “las loras” con todas las derivaciones que luego generaron con su incorporación al léxico de la época.
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Crónicas
Escribe OMAR ALONSO, Periodista
Para conocer a una sociedad basta visitar la cárcel, el manicomio y los prostíbulos. En esos lugares se la ve caricaturizada con los rasgos más salientes que la distinguen. Palabras más o palabras menos, es la definición que produjera el eminente sociólogo, politólogo y filósofo francés David Emile Durkheim (1858-1917), autor entre otros trabajos de El Suicidio. El periodista Enrique Gleyzer en un seminario sobre periodismo de investigación al que asistí trajo a colación aquel concepto considerando que dicho libro debería ser motivo de consulta frecuente por parte de los periodistas. En aquella línea de pensamiento, he considerado interesante comenzar a abordar algunos temas considerados tabúes por la sociedad. La vida clandestina según la calificación de Félix Luna. Nadie nunca ha hablado de tahúres, cafishios, prostitución, y otras prácticas marginales pero que trazan, y de hecho ello ha ocurrido en Tres Arroyos, una marca indeleble en el transcurrir de la historia. No es una tarea sencilla, sobre todo porque hay que recurrir muchas veces a eufemismos para preservar giros idiomáticos que puedan ser consumidos por todos. Pero lo vamos a intentar. Enrique Gleyzer decía en una parte de su exposición y cuando se refería a este tema lo siguiente.
La prostitución en los registros municipales
Escribe: Amílcar Dinsen
El espantoso episodio vivido en Tres Arroyos con la muerte de una joven mujer de 25 años, madre de cuatro hijos pequeños, en manos de su esposo, que luego diría a la Fiscalía que “quiso darle un escarmiento”, parece una película de Bela Lugosi, un maestro del terror y el espanto en el cine, famoso a mediados del siglo pasado. Esto trajo nuevamente en el tapete el gravísimo problema de la violencia de género (fundamentalmente del hombre contra la mujer), la prostitución, la trata de blancas, es decir todos factores cotidianos, en todo el mundo, que no dejan de funcionar aceitadamente pese a las leyes y las fuerzas de seguridad. La prostitución, enraizada en el enorme negocio de la trata de blancas, existe desde que los seres humanos (a veces son humanos), inventaron el dinero, una obra de los fenicios antiguos que pasó a reinar en el mundo. Nos viene a la memoria que desde que Tres Arroyos naciera a fines del siglo XIX existieron lugares donde había las que se llamaron alguna vez “mujeres públicas” para no darles una denominación más habitual y agresiva. Los burdeles eran generalmente viviendas con varios dormitorios, si la explotación era masiva o solamente una o dos habitaciones, cuando el negocio era más reducido. No eran los departamentos de lujo de las ciudades más concurridas, sino muy modestas construcciones, a veces bastante tétricas. Uno o más hombres eran los “empresarios”, llamados vulgarmente “cafishios”, en el lunfardo que se hablaba en esos ámbitos. Desde menores creciditos hasta veteranos, tenían sus lugares preferidos y en cuanto a las damas, había de dos tipos. Las prostitutas o meretrices – como se autodenominan ahora—que giraban constantemente por diferentes ciudades y pueblos, hasta las que en realidad ejercían en sus propias casas, sin moverse de allí, porque no formaban estrictamente parte de las organizaciones ya existentes. La complacencia de la policía –que tenía en los burdeles y en los capitalistas de juego una fuente importante de dinero contante y sonante— permitía que todo ello se desarrollara en absoluta tranquilidad, protegidos por los uniformados. Existen numerosas anécdotas con referencia a los “empresarios” del juego y la prostitución y su vínculo con las autoridades, que recibían su participación en forma permanente. Una por ejemplo recordaba que pocos años después de establecerse en el país el sueldo anual complementario, el aguinaldo, como una conquista social, los patrulleros que recaudaban en la zona lo establecieron también, como un aporte razonable de ese tipo de trabajadores. Pero lo que mucha gente ignora es que existía una norma que se hacía cumplir y era la inscripción de las mujeres en un archivo municipal. Tenemos en nuestro poder uno de los libros de registro, un grueso volumen de 400 páginas, con la leyenda claramente visible “Registro de prostitutas. Intendencia municipal de Tres Arroyos”, que se repetía en cada uno de los numerosos folios, prolijamente encuadernados y obra de un trabajo en serie de una imprenta metropolitana que se menciona. Por ejemplo, en la página 71 figura que el 12 de noviembre de 1923 –es decir que hablamos de 90 años atrás—abandonó la ciudad una mujer de 35 años, residente en la ciudad, pero seguramente viajando entre diferentes lugares. Había llegado el 9 de octubre y poco más de un mes después, la dejaba; pero no aparece la consabida foto de la mujer (algunas de ellas parecían amas de casa y no vampiresas, como solían llamarse). Había una explicación específica: su “retrato” como se inscribe en el libro, estaba en algunas fojas antes, porque también había ejercido el comercio sexual de agosto 25 a setiembre 17, es decir que las trasladaban a veces por mucho tiempo y en otros, por corto lapso. Estaba su nombre completo, pero digamos que se trataba de Haydée. En la foja 70 aparece otra fémina, en este caso de nombre Paulina; tenía 28 años, procedía de Necochea y había estado anteriormente en marzo y volvía en octubre de 1923 y permaneció hasta marzo de 1925. Una curiosidad. En el libro figura que en esa fecha, se retiraba del ejercicio de la prostitución. Otra: que era de nacionalidad francesa. El primer folio de ese libro tenía inscripto el nombre de una vecina de Copetonas, dedicada al “vil comercio”, una adjetivación usual en las crónicas de esa época. Se llamaba Angélica, tenía 24 años, pelo negro, nariz pequeña, ojos pardos y era soltera. Llegó a los prostíbulos locales el 13 de junio de 1922 y se retiro el 1º de julio siguiente. La estadía de cada una era muy variada y como lo dijimos, no era extraño que repitieran sus visitas, aunque no siempre de acuerdo al período de actividad de ese libro. A fojas figura Carmen Elena, argentina, de 28 años, 1m. 59 de estatura y pelo castaño y residente en Tres Arroyos. Esta mujer permaneció desde ju
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